viernes, 11 de agosto de 2017
A ti
Por la carretera, una bicicleta
Y a lo lejos tu figura veo.
Delgado, atractivo, pasas y saludo.
Matiné del Uamá.
Butacas cercanas, mirada fugaz.
Encuentro casual, primer reprimenda.
Custodia sin tregua.
Martes y jueves días consagrados.
Manos enlazadas sintiendo tu sangre.
Labios encendidos, estremecimiento.
Deseo de ser uno en cuerpo y alma.
Un año de espera, angustia, anhelos
y la encrucijada:
casarse u olvido.
Una elección y una propuesta.
Iniciar la vida, de cero, sin nada.
Seguir estudiando. Seguir trabajando.
Y así nuestro hogar nació paso a paso.
Escuela y Taller. Los hijos. La vida.
Más lo material: auto, terreno, moto, casa.
La pasión se apaga. Se consume el fuego.
Se rompen contratos y aleja los seres.
El machismo niega los cambios a tiempo.
Las mentes no cambian. Los valores atan.
Los caminos toman rumbos diferentes.
Y se vuelve a andar por senderos nuevos,
mas como un abrojo el
amor resiste.
Ya nunca el
olvido.
Supersticiones
I
Vieja cocina escondida
entre verdes ligustrinos.
Reunión de ciertos vecinos
en la tarde ya vencida,
mientras se hace la comida
en tiznada olla de fierro,
junto al fiel horno de barro.
Chisperíos de los tizones,
temor en los corazones
por los cuentos que hoy les narro.
II
Se comenta en el paraje,
destrozando la manada
fiero depredador
anda.
Lobizón pa`l paisanaje.
Habrá que armarse coraje
en noches de luna llena.
Séptimo varón en cuna
su cuerpo cubre de pelos
y un lobo ahullará a los cielos.
¡Hoy brilla la luna llena!
III
De noche a mitad del puente
es seguro a su caballo
se monte…mejor me callo,
en el anca de repente
la viuda blanca sonriente.
Mas parece que el jinete
vestido de negro, mate
a aquel que en rueda lo cargue
pero
buena vida otorgue
si no contar le promete.
IV
Y dicen desde la loma
bola de fuego desciende
y un tronco de árbol enciende.
De lejos divisan llama
eso nos contaba mama.
Y yo recuerdo esos dichos
que en un tiempo fueron hechos
de aparecidos y luces
que en el campo y por entonces
era común en los ranchos.
jueves, 10 de agosto de 2017
Remembranzas
I
Regules de mis umbrales,
inspiración en mi vida,
hoy me tornas atrevida
con poemas cual zorzales.
que enardecen a
raudales.
Y florecen por encanto,
reflejándose en el canto
sentimientos y pasiones
que llegan cual aluviones,
para impedir otro llanto.
II
Y “Mi tapera” nativa,
movió las íntimas fibras
del amor que tú acostumbras,
a despertar mientras
viva.
Apresándome cautiva,
perdida entre matorrales,
ríos, montes y humedales
de mi tierra rioplatense.
Junto al Guazú paranaense,
costas, ceibos y sauzales.
III
Me veo desde pequeña
pescando en la fresca orilla,
o jugando con flechilla
en los campos muy
risueña,
como una niña que sueña.
Salpicada con escamas
de mojarras y de lamas,
caminando muy compadre,
volvía junto a mi
madre
con un ramo de retamas.
IV
Dejó en mí como enseñanza
por caminos de la vida,
encontrarás la salida
con fervorosa esperanza.
Ser capaz y con templanza,
al dolor de las
ausencias
atender las
consecuencias,
causas, responsabilidad,
con humildad y dignidad
en las frustradas
querencias.
V
Y cuando sueltes tus naves
si se acerca la tormenta
es premisa ser atenta,
hasta ayudarán las aves.
Aprenderás entre claves,
la sudestada es prevención,
anuncia riada e
inundación.
Y que nuevas turbonadas
tornados o granizadas
no saquearán tu ficción.
jueves, 11 de mayo de 2017
Mañana de Mayo
El molino con su andar, irradia su energía que llega a mi corazón en este amanecer.
El fresno, la
referencia en el paso de estaciones, despoja sus últimas hojas en
dorado vuelo. Ramas desnudas asoman anunciando su letargo.
Tibios rayos de sol
atraviesan los cristales. En mis manos una taza de café acompaña el momento.
Y contemplo…Hojas
mustias por doquier en verde alfombra mojada.
Gotas de rocío cual
prismas irisan el paisaje. Es el marco
que natura ofrece al nuevo día.
Con sutil ráfaga roba
aladas hojas que lentamente se posan en el manto verde salpicado de macachines.
La madre Tierra espera en su seno cobijarlas para iniciar otro ciclo. Y
alimentar esperanzas, como las que siempre trasmiten a todo mi ser.
Y la fe, los íntimos
deseos de continuar la vida, abrazan y
contagian.
La suave brisa tintinea
en un llamador de cañas, con su música
nace un esbozo de sonrisa.
M de Mujer
Mística Mujer
pómulos carmín
tomando mis manos
permite muchacha
amor temporal.
Aromado tiempo
perfuma jazmín
misterioso bálsamo
como calmo mar.
Permite Mujer
amando morir.
Sueño Azul
Zafiro otoñal
Diminuta doncella
Brillas en Abril.
Deseados giros
Tus alas acompasan
En plenilunio.
Rayos índigos
Aclaran pensamientos
Libera mi cruz.
Sublime encanto
De aterciopelada luz
Atempérame.
Conecta mi ser
Quiero volar contigo
Acaríciame.
Aunque efímero
Sueñe el ritual del amor
Dancemos juntas.
Mariposa azul
Tus destellos embriagan
Vuelve conmigo.
martes, 21 de marzo de 2017
¿Qué es poesía?
Es desnudar el alma.
Percibir sentimientos
llegar a flor de piel.
Es despertar ansioso
con un verso en tus labios.
Es sentir lo vivido, renacer.
Es la vida que vuelve
tras un mundo de sueños.
Y es el verbo sufrido,
la mentira escondida,
la mirada callada,
la caricia encontrada.
Es tu cuerpo vibrando
y dos polos opuestos
que se buscan ardientes
para calmar su sed.
Es el canto a natura.
Es el mundo rodando
tras un velo de abrazos.
Es el ser infinito
que intenta complacer.
Es Amor por un Todo
que crece por doquier.
viernes, 17 de marzo de 2017
Viernes Santo
Un claro y definido propósito anima mis pasos, reencontrarme con los olores de un Viernes Santo.
Estoy en la cuchilla. A lo lejos se divisa el río.
La urbanización va ganando sus espacios y el monte nativo tiende a desaparecer. Una isla de viejos y retorcidos espinillos escapa al hacha del hombre. Ni un ave se divisa.
Un largo camino conduce al viejo vertedero y me acompaña el compás del pedaleo.
El sol inicia su descenso hacia el horizonte. Y continúo presurosa para alcanzar la orilla del río.
Ruedas de carro y caballo han despoblado el suelo de malezas. El sendero de tres huellas me guía hacia la costa. Serpentea entre matorrales autóctonos, pajas, colas de zorro, arbustos y pastos duros.
El camino se bifurca y tomo el de la derecha, el ruido de un motor cercano puede ser el de una embarcación.
Avanzo en la soledad del sendero.
El suelo arenoso impide continuar en bicicleta y comienzo el andar con ella de tiro.
Continúo mi travesía pero el sol es quien toma los tiempos. El ocaso y los yuyales cada vez más espesos hacen desistir alcanzar las aguas destellantes.
Vuelvo tras mis pasos. Debo regresar impregnada de olor a campo y yuyos recogidos en viernes santo.
Una carqueja de tres filos aparece y recojo, pero aquellas plantas de flores tan aromáticas y hojas grisáceas no están.
“Ya ni marcela se encuentra…” me digo y entonces frente a mí, un conjunto de plantas ofreciendo sus flores se presenta. Las únicas en todo el camino, se muestran un tanto maltratadas por la sequía.
El alma de yuyero revive en mi, tradición de viernes santo.
Con ansias y feliz recojo un manojo. Regreso por el camino orgullosa con mi canasto de yuyos medicinales como cuando era niña.
Al costado del camino un grupo de niños juega y tres jóvenes miran atentos la pantalla de un celular.
¿Cuál será el recuerdo de ellos cuando tengan mis años?
La luna casi llena se eleva en el oriente y los últimos rayos de sol dibujados en el cielo despiden el día.
jueves, 16 de marzo de 2017
Recuerdos de Infancia VIII
Susto dulce.
El sol
golpea con sus rayos la siesta pueblerina. Nadie en los patios… y a lo
lejos, el canto de las chicharras acentúa el calor agobiante.
Más tarde quizás, se oiga la voz del
heladero que en su vehículo de tres ruedas recorre las calles del barrio y los chicos ansiosos esperan.
Es la hora del descanso merecido para
madres que desde temprano, han caminado
más de veinte cuadras polvorientas haciendo
las compras y terminado todas las tareas de la casa.
Detrás del seto de tuyas verde intenso,
comienza la amplia y prolija huerta que el padre de María, todas las tardes
después del tradicional mate, cultiva junto a su esposa.
Del otro lado, en el terreno del fondo,
también está la huerta de los vecinos, los padres de Nora, que dan vuelta la
tierra y rompen sus terrones para preparar sus siembras con manos laboriosas.
Cada casa tiene su quinta y de allí,
obtienen los productos principales para preparar los alimentos que se sirven en
la mesa.
Una cuerda de ropa colgada se divisa
extendida entre dos palos rectos.
Entre los caminos de las respectivas
huertas, dos niñas escurridizas avanzan apresuradas buscando la protección del
cañaveral. Tienen ocho y diez años, de cabello
castaño claro, piel bronceada y ojos vivaces. Corren
descalzas apenas tocando el suelo ardiente.
Allí está, a treinta metros de sus
hogares esperándolas, ofreciendo su sombra y la complicidad de sus altas y
gruesas cañas. Es una isla casi en el centro de la
manzana dividida en cuatro grandes
terrenos separados solo por alambrados cubiertos de enredaderas y mburucuyá de
hermosas flores y frutos prontos a madurar. El lugar predilecto de Nora y María. Su espacio en el pequeño mundo conocido, los
patios, las huertas y el camino a la Escuela
que también recorren juntas.
Los ciruelos, el añoso peral,
los mandarinos brillantes, el gran duraznero, las frutillas escondidas
entre las hojas acompañados por
zapallitos del tronco, cebollas, ajos y tomates son sus cómplices amigos.
También las gallinas que en su corral, escarban haciendo huecos en el piso para
buscar la frescura de la tierra.
La casita entre las cañas es su rincón de
juegos, no hay allí ni juguetes, ni muñecas, solo espacios sin brotes que se
logran de tanto pisar. Las puertas son las dos cañas más fuertes
que resisten sus continuas idas y venidas.
Es todo un laberinto de pasadizos que se
comunican y dan albergue a un mundo de fantasías.
Algunos rayos de sol atraviesan la bóveda
verde grisácea.
De pronto una tenue lluvia de copos
pequeños cae sobre sus cabezas.
-
Es aserrín. ¡Nora mira aquí! -dice María- ¡Hay un agujero en esta caña!
Ambas observan curiosas y comienzan a
buscar otros similares.
Más allá Nora descubre otro.
- ¡Aquí hay uno más!
- ¿Quién los construye y cómo los hará?
- Veamos que hay adentro. Mi dedo pequeño
entra fácilmente.
- ¡Oh! ¿Y esto? Parece miel. ¡Qué rica!
Mientras un intruso visitante de color
oscuro, con mucha música y estilo rezongón entra apresurado a uno de los
huecos.
- ¿Haz visto eso? - dice María.
- Sí.
¿Qué es?
- No importa, sigamos
buscando más miel, parece de abejas pero más espesa ¡mmmm! y muy dulce.
Con sus manos
llenas de miel, se sientan felices sobre los troncos que afloran de la tierra y
quedan saboreando el exquisito manjar.
- ¿Y ahora? ¿Qué es ese ruido?
- ¡Es un enjambre! ¡Nos comimos su
alimento! ¿Estarán enojados?
- Sí, son miles de insectos.
Entran
uno tras otro al hueco y la caña se hace cada vez más grande, se
infla como un globo más y más.
Siempre juntas tomadas fuertemente de sus manos y con la otra asidas
a las raíces que se levantan de la tierra, se elevan sobre el cañaveral.
- ¡Subimos, flotamos! ¡Estamos cada vez más arriba!
El viento parece conspirar y sopla más
fuerte. El cañaveral es una mancha
verdosa, las huertas cada vez más pequeñas y de sus casas sólo ven los techos.
Sus manos se mantienen siempre unidas.
-¡No te sueltes!
- Veo el monte de espinillos, el camino a
la Escuela y
allá… ¡árboles en el río!
Todo es fascinante para las inseparables
amigas.
- Estamos volando, siente el aire fresco.
- Es hermoso volar como las aves.
- ¡Cuidado! Viene una bandada de patos,
se acercan como una flecha.
- ¡Quiero regresar! ¡Nos alejamos mucho!
El cacareo de una gallina…la voz de sus
madres: - ¡Nora! - ¡María!
A lo lejos: “¡Heladerooo! ¡Vasito helado! ¡Crema, vainilla, chocolateee!”
¡Qué susto!
El viaje en globo era solo un sueño.
Despertaron de su siesta después de una
curiosa experiencia, el cañaveral las arrulló mientras el viento pasaba entre
sus largas y verdes hojas.
Después de saborear tan rica miel, se habían quedado
dormidas, saciadas con el dulce tesoro encontrado.
Ese día
junto a sus padres, ambas aprendieron que esos insectos son abejorros
carpinteros de gran tamaño, de prolongado y fuerte zumbido. Les llaman
mangangás.
Ellos almacenan, dentro de los huecos de
las cañas que les sirven de recipientes, su alimento para las crías y también
para pasar el invierno.
Taladran la madera haciendo vibrar su cuerpo mientras
raspan con sus mandíbulas.
Cada nido tiene una sola entrada. No
viven en colmenas como las abejas.
- Por eso hay tantos huecos en las
cañas.- dice María- cada uno hace su nido.
- Si además andan cerca de la huerta,
ayudan a nuestros padres para que haya más frutas- agrega Nora.
- Hoy vimos varios entre las flores de mburucuyá. A
nosotros también nos gusta comer sus
frutos cuando están bien anaranjados.
A través de este susto dulce, las
niñas aprendieron de sus vivencias y
fantasías.
Les quedó para siempre el recuerdo de un
espacio más amplio que el mundo conocido, el primer mapa de su barrio. Conocen
la fuerza de la amistad pues sus manos
unidas pueden enfrentar desafíos y por
siempre conservan el gusto inolvidable de la miel de mangangá.
Recuerdos de Infancia VII
Viaje
en camión.
El
viaje a la casa de los tíos es toda una aventura. Todo un acontecimiento.
La caja del
camión va poblándose de viajeros que traen sus sillas y bancos para hacer más
cómodo el trayecto.
Se
anuncia la partida y tomando la cuesta
arriba, muy pronto llegamos a la ruta.
A lo lejos se divisa el campanario de
Capilla San Roque, en la loma que todos
los 16 de agosto, vamos a visitar a pie.
El primer
punto de referencia a alcanzar es el puente Camacho, más bien Castells, pero
nadie lo llama por su verdadero nombre. Ya no se paga más peaje para cruzarlo.
El
arroyo Víboras se desliza bajo sus
arcos, el agua corre entre las piedras y salta formando pequeñas cataratas,
ansiosa de llegar al río. Según cuentan los mayores, antes pasaba por las
ruedas del molino y ayudaba en la molienda del trigo.
La luz del
sol atraviesa las gotas brillantes. Con esos reflejos en las retinas, continuamos
avanzando en el camino.
A la
izquierda, los muros de contención y en la otra margen el antiguo parador.
Comentan que allí, se hacían grandes
bailes.
Un camino se pierde entre los montes.
Desde la
colina custodia la zona el casco de Capilla y Estancia Narbona.
Se divisa
entre los altos árboles la ventana de su torre vigía, el mirador.
Nos
acercamos a la zona donde se estableció y formó en suelo oriental nuestra
familia de inmigrantes.
Las tierras de la Estancia comenzaron a
poblarse por aquellos aventureros y arriesgados hombres que llegaban a América
en busca de una nueva vida.
Así había
arribado don Foster, comenzó a trabajar y
hacer producir su campo.
Escoceses,
españoles y criollos amalgamaron anhelos.
El Cerro Camacho, en algunos mapas
llamado Cerro Bautista, se levanta como
un vigía entre los médanos y más allá, se divisan las aguas de un río que
comienza a nacer para ampliar su cauce como mar. Es el Río de la Plata con la
isla Juncal, dan su marco al horizonte.
Vamos subiendo la cuesta.
El Bravo
con sus afloraciones de rocas que una vez quizás formaron parte de lecho
marino, es nuestro segundo punto de referencia.
Ya se ven
los altos eucaliptus de la familia Guirín que indican dejar la ruta y tomar a
la derecha.
Un sendero de charrets, serpentea entre
matorrales que bordean el monte nativo y las tierras de cultivo.
Madres
selvas, campanillas azules y un mar de ceibos nos acompañan.
Ansiosos los visitantes esperan llegar al
punto de arribo. Los bancos se mueven al compás de las huellas.
Llegamos a la tranquera, la casa se divisa
a lo lejos.
Una galería,
un galpón, saludos y recibimiento de los mayores. No hay niños.
Me gusta el lugar, camino entre espinillos
sin ramas bajas y pruebo el sabor de las pitangas.
Andan
pastando algunas vacas y caballos.
Hay un
ambiente de paz especial, olor a hierba fresca, árboles nativos y quizás me
invada la energía de los ancestros, que penetra en mi alma sin que yo lo sepa.
Y entonces recuerdo por qué estamos acá,
aquí nació mi abuela Clara Foster. A esta tierra llegó desde Júzcar,
Málaga Francisco Bautista, el andaluz
y nacieron mi padre y sus hermanos. Vida
de trabajo y sueños truncados a muy temprana edad.
Hoy es la casa de los tíos, ya no quedan
más que recuerdos. Entre éstos,
puedes imaginar un niño a caballo que cruza los campos para
llegar a la Escuela Nº 52 Belgrano Sur, es mi padre.
Recuerdos de Infancia VI
Los
vecinos de enfrente.
Don Pedro el vecino de enfrente mantenía
con esmero su hogar. Él siempre estaba en la casa. Vivía junto a su esposa Doña
Pola y una nieta ya adolescente.
Una construcción
antigua, con techo rojo de zinc a dos aguas, correspondía a la parte principal
del hogar: dormitorios y comedor. Cada habitación tenía una puerta al largo
corredor sombrío que daba al patio anterior con plantas y flores de gran porte.
Pocas veces entré allí, eran su ámbito privado y protegido.
Junto a sus
paredes, como adheridas a ellas, crecían las hortensias. Grandes
ramilletes violetas, rosas y azulados
lucían entre lustrosas hojas verdes.
El patio posterior siempre barrido y
firme no parecía de tierra.
Más allá el
galpón de las herramientas y aquella báscula con su platillo y pesa corrediza
en la que pesaba las naranjas…Esa manzana del barrio, estaba poblada de
frondosos y viejos naranjos que ofrecían sus jugosos frutos.
Difícil era
llenar el canasto, por eso temprano ya comenzaba la tarea con su gancho de
alambre y así alcanzar las altas ramas cargadas de dulces naranjas.
Sabía que
pronto llegarían sus clientes a colmar las bolsas de sabroso manjar.
Las tardes
soleadas de invierno, después de las heladas, era la mejor época para
deleitarnos con esta rica fruta.
Las siestas no llegaban si antes no se
atravesaba el portón perfumado de cedrón, que era mi preferido, pues del otro
lado la inmensa planta de ruda podía impregnarte de su olor peculiar.
En otra edificación separada de la
principal, estaba la cocina. Tenía una puerta muy particular se abría y cerraba en dos instancias, la
mitad inferior y la superior. Es así que aunque cerrada abajo,
se podía ver el patio por la parte de arriba, era como una nueva
ventana. Para mi tenía el atrapante
misterio de lo diferente y desconocido.
Era el
ámbito en que doña Pola, con su andar cansino, parecía acrecentar su figura.
Los
aparadores altos pintados de verde, donde colgaba sus enseres, atrapaban mi
mirada.
Era una
mujer especial. Cada vez que me dolía el estómago, por comer toda clase de frutas que encontraba
a mi alcance, cruzaba la calle y corría en su auxilio.
Ella tomaba
su larga cinta de tela. Se paraba frente a mí
y balbuceando no se qué palabras, me medía. Era “la cura del empacho”.
Una, dos y tres veces tenía yo que tomar la cinta del lugar que ella me decía y
colocarla sobre mi estómago. Después con la cinta enroscada en su mano cruzaba
sus manos apretando suavemente una y otra
vez y como por arte de magia sentía movimientos en mi panza que alejaban el
dolor. Sus manos eran una bendición y hasta hoy las recuerdo con nostalgia.
Cuando los demás nietos venían a
visitarlos también era una fiesta para mí.
Susana, Albéniz, Miriam, más niños para
compartir juegos en el patio siempre muy vigilados por su abuelo.
Don Pedro era celoso de sus plantas.
Hasta en la vereda, rodeando los ligustros, plantó las azucenas que cuidaba de
los traviesos.
Quedaba
extasiado cuando su nieto, de rubios cabellos, tocaba el acordeón.
Hombre de
pocas palabras, robusto, de andar seguro imponía respeto y a la vez seguridad y
confianza.
Le tomó
varios días quitar la cerca con flores y se construyó un paredón muy
atractivo. A cierta altura comenzó a
poner bloques uno sí otro no y quedaron
una serie de huecos que llamaron mi atención. Y no solo a mí, pues en la
edición de la gincana que el próximo año organizó el Club Uruguay, uno de los
desafíos, fue contar los huecos que tenía el particular cercado de
mis vecinos de enfrente.
Recuerdos de Infancia V
Las
cometas.
Hasta los ocho años quizás recibí los más hermosos regalos de amor y cariño que
un niño necesita. Crecer entre mayores te brinda esas oportunidades dado ser la
primer pequeña en el seno de la familia extendida por línea materna.
Aún visualizo y disfruto mi cuna de madera
pintada de azul que ya heredé a mi hermano y la hamaca que cuelga en el
corredor. La muñeca de trapo, el piano de madera y mis animales: un loro, un pollito.
Pero las tardes construyendo cometas
con mi abuelo Julio eran fantásticas.
Los días
ventosos de primavera se tornaban propicios para las competencias con los niños
que vivían dos cuadras más al oeste. Para llegar hasta ellos, era necesario
bastante ovillo para largar y una buena pandorga.
Temprano el abuelo ya había elegido las
mejores cañas secas cortadas hace tiempo para la ocasión.
Ahora reunía
los demás elementos: hermosos papeles de variados colores, tijera, ovillos de
hilo, frasco y manos a la obra bajo mi
atenta mirada.
Así aprendí a hacer la primer tarasca, con
papel de diario y dos cañas, si agregaba una más corta se transformaba en barrilete.
Sus manos habilidosas, aunque con señales de
un doloroso episodio en su niñez, comenzaban el armazón.
De una caña
obtenía cuatro fuertes y livianas varillas de la misma longitud. Para evitar algún
corte o pequeña escalla pasaba un vidrio grueso por sus bordes. Luego se unían por pares, en cruz, atándose
fuertemente en su punto medio.
Sin saberlo
recibía las primeras clases prácticas de
geometría.
¿Cuál
de las cometas sería la mejor para participar en la próxima competencia?
La granada
era la preferida, siempre resistía todos los embates. De forma curva en la parte inferior, con puntas y coronas en
la parte superior. Semejante a los frutos rojos que crecían en el granado del
patio, fuertes por fuera y de granos rojos y sabrosos en su interior.
Con igual armazón, según se unieran los
extremos de las cañas, podía hacer una estrella, una bomba o la elegida
granada.
Preparado el esqueleto que le daría fuerza y
presencia, se combinaban los papeles sedosos y
de fuertes colores. Era hora de
conseguir harina y agua para
preparar el engrudo que junto con la tijera, pasaban a ser los mejores aliados.
El plegado para las coronas y los flecos,
cortar líneas curvas y rectas todo ayudaba a mejorar habilidades motrices. Sin olvidar los
fundamentales dos parches para cada caña en el revés y el contrafuerte en el
centro.
Unas gotitas de agua sobre el papel ya
pegado y dejarla así secar hasta el otro día,sería suficiente para continuar la
tarea.
Los chicos de la otra cuadra hacían veleros
con su padre y también faroles. Éstos eran
más altos que yo. No necesitaban cola y danzaban alegremente en el aire.
Aunque intentamos, nunca logramos hacer
un farol que remontara como aquellos.
Otro día de trabajo. Los tiros.
Aquí la
medición era lo que se hacía imprescindible. Los dos tiros superiores iguales y
luego al del centro, encontrarle su justo punto de unión a los anteriores. De
ello dependería se elevara como deseábamos. Luego el tiro de la cola, de su
punto medio debía partir el atractivo
colorido que le daba elegancia con su contorneo.
Un
pantalón viejo, un vestido, se transformaban en tiras de trapo que unidos se
elevaban junto con nuestras ansias. Nudo tras nudo, colores y texturas tomaban longitud. Según el viento del
día sería necesario colocar una y a veces hasta dos colas.
Los
vientos de aquellas primaveras arreciaban con mayor intensidad.
Mientras se preparaba el hilo. Se
necesitaban dos o tres ovillos de hilo
cometa.
Con un palo fuerte,
de una cuarta de la mano del abuelo era suficiente. En él se ataba y preparaba
el hilo con un movimiento en forma de ocho que con habilidad aprendí. Así se iba formando el ovillo para remontar. Usarlo
como se vende era muy posible se armara
un gran enredo.
Ya
pronta nuestra granada para el vuelo bautismal. Era hora de remontar, la hora de la verdad. Expectativas, suspiros, alegrías o fracasos y
nuevos intentos.
Las
otras cometas ya saludaban desde lo alto como invitando al desafío. Una estrella negra y amarilla de largos
flecos, otra azul, blanco y rojo saludaban con sus puntas de abundantes
coronas.
El
viento soplaba del norte, se debía esperar el momento propicio. Correr con mi
granada hasta el fondo del terreno sosteniendo sus cañas y a la voz de: “ahora”
soltar mi regalo para que emprendiera su vuelo, alcanzara altura y con suerte
sobrepasara a los competidores ocasionales.
Comenzó a elevarse y a saludar desde el
aire.
Sólo el hilo la mantenía unida a nuestras
vidas. De pronto danzaba para un lado y
para el otro, no tenía suficiente cola. ¡¡¡ Aflojale que colea¡¡¡¡ Así
descendía suavemente… y luego a recoger el hilo y ovillar a la vez, acción que
también hacíamos juntos. Pronto una segunda cola ondularía en el cielo.
Otro intento, la perseverancia es primordial a la
hora de alcanzar las metas.
Sus
colores alcanzaban altura. La hacíamos saludar tirando con fuerza del hilo.
El sonido de sus coronas jugando con el viento
era un sonajero y el de sus largos flecos parecía una cascada de agua.
Hora de enviarle una carta al cielo. Una hoja de cuaderno con un “te quiero”
corría
velozmente a través del hilo, algunas veces se rasgaba con el roce y no llegaba,
otras quedaba atascada en el nudo de la unión de los ovillos.
Esta vez
besó los tiros y llegó a destino.
Las tres cometas lucían en un cielo
límpido y brillante. Mas una estrella comenzó a acercarse casi queriendo tocar
la granada con su cola. Quien la dirigía tenía una intención oculta, travesura
que después contó. Anudaba una hoja delgada y filosa de metal en la
punta de sus colas para cortar el hilo a sus competidores.
El hilo perdió la tensión que sentía en mi mano y así aquella tarde mi granada comenzó a girar en espiral sobre el
azul celeste hasta perderse en la lejanía.
No podía perder mi regalo y el abuelo en
su bicicleta de carrera salió en su
búsqueda. Había quedado sobre unos espinillos muy lejos de casa. Llegó con ella
aún maltrecha con agujeros pero con su armazón
intacta.
Con
unos parches en forma de flores
que realzaban sus colores al otro día se elevaría remontando airosa para
alegría de un abuelo y una niña, demostrando al mundo la fuerza del trabajo,
los deseos y la sana competencia en las alturas.
Recuerdos de Infancia IV
De aparecidos y luces malas.
Duras etapas
de esfuerzo de aquella familia, que alcanzó a construir sus dos grandes piezas
en ladrillo, con altas ventanas y una puerta de madera maciza pintada de verde
inglés. Allí moraba Laura, la tía que nunca se dejaba ver, era una incógnita su
vida recluída entre cuatro muros. Alta y delgada raras veces se
asomaba.
Detrás, los altos naranjos que regalaban sus frutos y el árbol Solo con el
esplendor de sus plateadas hojas dominaba el paisaje.
A uno de los
lados, surgía como un hongo, la gran enramada que hacía las veces de casa de
juegos, con su fuertes troncos y hermosas flores amarillas que contrastaban con
el verde oscuro del follaje. Aquí, adolescentes y niña disfrutaban un
presente puro, lleno de vida, sin imaginar algún destino adverso.
La antigua
cocina de latas continuó escondida entre ligustrinos como último baluarte de
tiempos difíciles. Las paredes tiznadas por el hollín, su pequeña puerta y el piso por debajo del nivel del patio
tenían un atractivo especial. En un rincón la cocina a leña, de la que solo
conocí la llama de sus leños y el chisperío de los tizones. Personajes y
ambiente se teñían de negro humo.
Don Jaime, Doña
Genara y Toto, el zapatero, iniciaban la rueda del mate. Al atardecer era el
lugar de reunión. Más tarde, llegaba el vecino Horacio con su serena bonhomía.
El candil
dejaba recortar las sombras espectrantes. Las figuras se alargaban hasta
el techo y danzaban al compás del
movimiento de la llama.
Entre la pared
de ligustrinos y el frondoso muro de guaco un pequeño portón crujía al vaivén
del viento.
Mientras en la
esquina, la barranca del terreno ofrecía
a los jóvenes, el lugar apropiado para sentarse.
El sol desaparecía en
los confines de calle Roosevelt.
Los
amigos volvían tras sus pasos después de la charla diaria. Juan,
el nuevo vecino del barrio a su hogar; Agustina, Susana y yo nos
acercábamos al sitio de encuentro de los mayores.
Escuchábamos atentas aquellos relatos que se
sucedían mientras la noche comenzaba a poblar de sombras el entorno.
Los comentarios del día como
la sonrisa y pureza de sus almas, hacían de mi niñez una aventura placentera,
ávida de historias y conocimientos.
Ciertas veces, el
tema se centraba en cuentos encadenados por apariciones, luces malas y lobizones que atrapaban con su
encanto. No faltaba la llorona que
aparecía en las noches detrás de algún personaje… Y aquella mujer vestida de
novia, montada a las ancas del jinete que osaba cruzar el puente Camacho. En otras ocasiones los días de luna llena, el
séptimo hijo varón de una numerosa familia, se transformaba en lobizón y
comenzaban lentamente a sucederse cambios en su cuerpo que lo asemejaban a un
lobo.
Quizás lo más interesante y atractivo, era escuchar sobre la
bola de fuego que desde la colina bajaba como un bólido envuelta en rojizas
llamaradas; estrellándose en el parque de eucaliptus y dejando ver al otro día,
como señal, los gruesos troncos quemados.
Esas historias
se vivenciaban de tal forma, que quedábamos paralizadas en los pequeños bancos
de madera que pasaban a ser parte de nuestro cuerpo.
¿Cómo salir de la vieja cocina y
regresar a la casa? Seguro la luz mala aparecería en ese instante. En mi caso,
era imprescindible cruzar acompañada la estrecha callejuela de tierra, que separaba de la seguridad y protección que
encontraba en el seno de mi hogar.
Aún ya mayor,
al pasar de noche por “el cuesta arriba” miraba hacia la colina por si bajaba
la bola de fuego.
Sin duda
quienes hemos podido compartir estos instantes mágicos conservamos aquellos
aromas, el calor del cobijo que engendra amistad y costumbres de un pueblo con
identidad propia.
jueves, 23 de febrero de 2017
Recuerdos de Infancia III
Búsqueda del tesoro.
Hoy siendo una tarde calurosa he traído
a mis recuerdos la hora de la siesta y
las repetidas andanzas del dúo amigo.
Eran otros tiempos en que la confianza y seguridad no contaban en las prioridades que las madres debían
tener en cuenta. Ellas podían hacer su merecido descanso para luego continuar sus trabajos en la casa.
Mientras las inquietas y aventureras niñas, iniciaban sus travesías.
No había celular, tabletas, computadoras
ni aún un televisor para que quedaran atrapadas por sus pantallas. Sí, existía
el espacio sin límites para caminar, explorar y maravillarse con lo que la
naturaleza regala.
Entonces ambas emprendían el camino.
Sus pasos acelerados llegaban hasta “la
carretera” y al cruzarla ya tenían ante sus ojos todo el extenso campo que
incitaba a las expedicionarias.
Algunos pastos altos y finos, el
suelo cada vez más arenoso, otra
vegetación rastrera. Una y otra cueva de
arena recién removida y aquellos raros sonidos en la tierra que al llegar se
acallaban. Nunca podíamos ver los tucu-tucu.
Pequeños
espinillos aquí y allá. Ellos iban siendo las bases del recorrido.
No sabían de búsqueda de tesoros o
cacerías pero ya las creaban en complicidad con el Universo.
Observar si entre las ramas retorcidas
encontraban el tesoro, era su juego. Una cacería imaginaria que sin haber
estado pensada surgía de las posibilidades que esa extensión de suelo, sin
alambrar, les otorgaba.
El primer nido había sido encontrado. Acercarse, elevar los pies y
erguirse hasta alcanzar a ver el fondo de ese esponjoso y suave colchón de
plumas. Y ante sus ojos chispeantes de
alegría, se mostraban dos perlas blancas.
Si aquí había un nido en el otro árbol cercano también era posible y así
de uno en otro arbusto, observando cada rama, el tiempo transcurría.
Se sabía que las víboras visitaban los nidos
para comer los huevos así que también eran tenidas en cuenta.
El Sol no era un problema. No conocían de
rayos U.V. ni capa de Ozono. El Astro Rey era su compañero y quien indicaba el
regreso según la altura de donde procedían sus rayos.
No había recolección sólo expectativa, alegría
por objetivos alcanzados. Alguna vez
si aparecía un nido abandonado, se
podía encontrar otro tesoro escondido de: plumas, crines, hilos, trozos de tela, hojas, musgo y hasta
espinas.
Quizás
las rosetas y flechillas se pegaban en
las ropas y alguna que otra espina quedaba en la yema de los dedos pero no eran
impedimentos para pasar la hora de la
siesta.
Dos almas
Decidiste venir hasta
mi encuentro.
Sentí el temor del
nuevo desafío.
El querer y no querer
al mismo tiempo
Aunque espero alcanzar
lo tuyo y mío.
Sin comprender cómo tú
piensas en mí
Confío el amor llegue a la puerta.
Hoy que estás cerca, la
duda
cruza la ruta sin
sentido.
Mas invade el deseo del
contigo.
Quiero plasmar mi
sentimiento.
Quiero liberar mi
pensamiento
Y este loco corazón con desatino,
niega tu presencia en
mi destino.
Quizás fue tu ansiedad.
Quizás el temor mío,
de enredarme en tus
brazos para siempre.
Ya es hora de vivir
cada momento
en la curva descendente
del camino.
Mi pecho palpitante
está oprimido.
Quiere escapar y la
razón lo obliga.
No es posible un
corazón dormido
cuando esperanza y fe
hacen su liga.
Mi ser espera todo
se ilumine en el
instante
que dos almas acudan a
su nodo,
embriagadas de dicha
desbordante.
La poda
Estridente
sonido de una sierra en acción.
Presagio de árboles cercenados.
Dolor porque
desgarran tu cuerpo.
La primera poda.
No importa tu
vida
sino los leños
que ofreces
sin pedir nada a
cambio.
Allí quedan tus
brazos mutilados
y troncos con heridas.
El leñador
depreda,
lastima tus
entrañas.
Quiso el destino
que hoy,
marche detrás de
tus despojos
cargados y apiñados en un carro.
Tres décadas en círculos concéntricos,
parecen grandes
bocas
clamando su
agonía.
Se empañan mis
cristales…
Serás pronto
cenizas, mas antes,
ardiente llama dando luz y calor
en un hogar lejano.
Cuidé tus
débiles vástagos,
te vi crecer.
Regalaste tus
perfumadas flores,
bálsamos del
aire.
Cobijaste a tu sombra
vida de mi sangre.
Esta primavera, esperaré ansiosa
el renacer de tiernos brotes.
Ya no serás el
mismo pero
resistirá de pie
tu natural vigor
y el amor de
quien contempla tu nobleza.
Golondrinas
Ambas encontraron un lugar seguro.
El agua de lluvia allí no corría.
Un hueco del caño sobre aquel tejado
que fue su guarida celosa en altura.
Turnaban sus vuelos en busca de abrigo,
preparando el nido
para sus pichones.
Pastos, trapos, hebras de todos colores
traían sus picos de
raudas viajeras.
En vuelo rasante y alas al cuerpo,
daba gusto verlas
entrando a aquel hueco.
Fue en la primavera mi mejor motivo
esperar atenta y contemplar sus giros.
Hoy su ausencia es signo de nido vacío,
como es el silencio de mi hogar dormido.
miércoles, 22 de febrero de 2017
Mensajero elegante
Anochece.
La natura toda se prepara.
Las flores del hibisco adormecen.
El día diminuto y sutil regalo ofrece.
Los últimos rayos de luz
pintan verde tornasol en su plumaje.
Oh! Colibrí.
Está aquí, detenido entre el ramaje.
Descansa
de su larga travesía.
Un abanico de sus alas
saluda al día que culmina.
Renueva energías y retoma su rutina.
Siempre de flor en flor.
Oh! Picaflor.
Inmóvil soy parte del entorno.
Nada debe inquietar su tenaz vuelo.
¡Déjame gozar de tu hermosura!
Suspendido se pierde entre corolas.
Flota y liba entre sépalos.
¡Mantente en el aire!
Oh! Tente.
Vivaz y elegante,
trae el
amor de los ancestros.
Ellos están bien,
es su eterno mensaje de alegría.
Esmeralda colmada de néctar.
Desaparece entre las sombras de la noche.
Libre, cual mi alma al contemplarlo.
¿Quién puede ofrecer mejor regalo
a
quien valora momentos de la vida?
Disfrutar cada instante reconforta,
embebidos del sabor de su dulzura.
La playa de las piedras que cantan
Llegué hasta la cima y vi tus colores,
tu brillo, tus rocas y el mar con su encanto.
Las olas subían la cuesta empinada
y al bajar dejaban el canto que embriaga
de paz y ternura la orilla desierta.
De las piedras que cantan.
Así te recuerdo fantástica playa
donde el agua moldea tus rocas
en grandes guijarros que caen a pique.
Allí recostada y asida a tus brazos
mis pies intentaban alcanzar el agua.
La ola llegaba a bañar tus formas
y al irse dejaba su canto cual lluvia.
Universal melodía que eleva y calma
Música de paz que ilumina el alma.
Presente al que llega a beber en tus cántaros,
la suave frescura del
mar y su encanto.
Bello y natural palo
de lluvia
que despierta los sentidos.
Es el agua cristalina
y presurosa
que corre a su caudal,
cual niña hasta su madre.
Es el chirriar aún hoy del agua sobre el magma
que brotó de las entrañas de la Tierra.
Isla, mar y cielo.
Tierra, aire, agua y fuego.
Mujer y Universo en simbiosis eterna.
Caricias al alma de amor infinito
Con velo salpicado de diamantes.
Suave brisa y soledad en las rocas
En el confín del paraíso alcanzado.
Sensaciones
El sonido de los Andes crea la magia a distancia.
Su música se hace eco en mi cuerpo y en mi alma
y visualizo
el paisaje que aparece en esta
instancia,
junto al río Urubamba para robarme la calma.
Es su fuerza que golpea en mi pecho perturbado.
La naturaleza pura que demuestra su poder
entre rocas que interrumpen su viaje al Valle
Sagrado.
Sortilegio de cultura que llega a sorprender.
Una gran mole avanza ante mi cuerpo indefenso.
El río vibra en mi sangre sacudiendo las entrañas.
Todo mi ser paralizo, el corazón en suspenso
y el Inca canta a la vida en medio de sus montañas.
Atardecer de verano
Rojizo cual llamarada
en deseado atardecer.
Suave brisa que
acompasa
las hojas en su vaivén.
Puebla con sus silbidos
el canto de hermosas
aves.
Mixtos, zorzales,
calandrias,
benteveos, ratoneras
y el hornero en su nido
al sol despide triunfante.
Atraviesa azul bóveda
flecha de patos
silvestres.
Una nube solitaria
reflejando los colores,
cambia ligera sus
formas
y se esfuma en el
confín.
Se recorta el horizonte.
Y poco a poco la calma
nos invade sutilmente.
Acerca nueva tormenta.
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