jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de Infancia VIII

                                             Susto dulce.
                                                                                               
           El sol  golpea con sus rayos la siesta pueblerina. Nadie en los patios… y a lo lejos, el canto de las chicharras acentúa el calor agobiante.
           Más tarde quizás, se oiga la voz del heladero que en su vehículo de tres ruedas recorre las calles del barrio y  los chicos ansiosos esperan.
          Es la hora del descanso merecido para madres que desde  temprano, han caminado más de veinte cuadras polvorientas haciendo  las compras y terminado todas las tareas de la casa.
         Detrás del seto de tuyas verde intenso, comienza la amplia y prolija huerta que el padre de María, todas las tardes después del tradicional mate, cultiva junto a su esposa.
Del otro lado, en el terreno del fondo, también está la huerta de los vecinos, los padres de Nora, que dan vuelta la tierra y rompen sus terrones para preparar sus siembras con manos laboriosas.
         Cada casa tiene su quinta y de allí, obtienen los productos principales para preparar los alimentos que se sirven en la mesa.
         Una cuerda de ropa colgada  se divisa  extendida entre  dos palos rectos.
         Entre los caminos de las respectivas huertas, dos niñas escurridizas avanzan apresuradas buscando la protección del cañaveral. Tienen ocho y diez años, de cabello castaño claro, piel bronceada y ojos vivaces. Corren  descalzas apenas tocando el suelo ardiente.
        Allí está, a treinta metros de sus hogares esperándolas, ofreciendo su sombra y la complicidad de sus altas y gruesas cañas. Es una isla casi en el centro de la manzana dividida en  cuatro grandes terrenos separados solo por alambrados cubiertos de enredaderas y mburucuyá de hermosas flores y frutos prontos a madurar. El lugar predilecto de Nora y María.  Su espacio en el pequeño mundo conocido, los patios, las huertas y el camino a la  Escuela que también recorren juntas.
        Los ciruelos, el  añoso peral,  los mandarinos brillantes, el gran duraznero, las frutillas escondidas entre las hojas acompañados por  zapallitos del tronco, cebollas, ajos y tomates son sus cómplices amigos. También las gallinas que en su corral, escarban haciendo huecos en el piso para buscar la frescura de la tierra.
       La casita entre las cañas es su rincón de juegos, no hay allí ni juguetes, ni muñecas, solo espacios sin brotes que se logran de tanto pisar. Las puertas son las dos cañas más fuertes que resisten sus continuas idas y venidas.
      Es todo un laberinto de pasadizos que se comunican y dan albergue a un mundo de fantasías.
      Algunos rayos de sol atraviesan la bóveda verde grisácea.
      De pronto una tenue lluvia de copos pequeños cae sobre sus cabezas.
 - Es aserrín. ¡Nora mira aquí! -dice María- ¡Hay un agujero en esta caña!
Ambas observan curiosas y comienzan a buscar otros similares.
Más allá Nora descubre otro.
- ¡Aquí hay uno más!
- ¿Quién los construye  y cómo los hará?
- Veamos que hay adentro. Mi dedo pequeño entra fácilmente.
- ¡Oh! ¿Y esto? Parece miel. ¡Qué rica!
       Mientras un intruso visitante de color oscuro, con mucha música y estilo rezongón entra apresurado a uno de los huecos.
- ¿Haz visto eso? - dice María.
- Sí.  ¿Qué es? 
- No importa, sigamos buscando más miel, parece de abejas pero más espesa ¡mmmm! y  muy dulce.
Con sus manos llenas de miel, se sientan felices sobre los troncos que afloran de la tierra y quedan saboreando el exquisito manjar.
- ¿Y ahora?  ¿Qué es ese ruido?
- ¡Es un enjambre! ¡Nos comimos su alimento! ¿Estarán enojados?
- Sí, son miles de  insectos.
Entran  uno tras otro al hueco y la caña se hace cada vez más grande, se infla  como un globo más y más.
Siempre juntas tomadas  fuertemente de sus manos y con la otra asidas a las raíces que se levantan de la tierra, se elevan sobre el cañaveral.
- ¡Subimos, flotamos!  ¡Estamos cada vez más arriba!
El viento parece conspirar y sopla más fuerte.  El cañaveral es una mancha verdosa, las huertas cada vez más pequeñas y de sus casas sólo ven los techos.
Sus manos se mantienen siempre unidas.
-¡No te sueltes!
- Veo el monte de espinillos, el camino a la Escuela y allá… ¡árboles en el río!
Todo es fascinante para las inseparables amigas.
- Estamos volando, siente el aire fresco.
- Es hermoso volar como las aves.
- ¡Cuidado! Viene una bandada de patos, se acercan como una flecha.
- ¡Quiero regresar! ¡Nos alejamos mucho!
       El cacareo de una gallina…la voz de sus madres: - ¡Nora!   - ¡María!
       A lo lejos: “¡Heladerooo!  ¡Vasito helado! ¡Crema, vainilla, chocolateee!”
      ¡Qué susto!
       El viaje en globo era solo un sueño.
       Despertaron de su siesta después de una curiosa experiencia, el cañaveral las arrulló mientras el viento pasaba entre sus largas y verdes hojas.
       Después de  saborear tan rica miel, se habían quedado dormidas, saciadas con el dulce tesoro encontrado.
       Ese día  junto a sus padres, ambas aprendieron que esos insectos son abejorros carpinteros de gran tamaño, de prolongado y fuerte zumbido. Les llaman mangangás.
Ellos almacenan, dentro de los huecos de las cañas que les sirven de recipientes, su alimento para las crías y también para pasar el invierno.
Taladran la  madera haciendo vibrar su cuerpo mientras raspan con sus mandíbulas.
Cada nido tiene una sola entrada. No viven en colmenas como las abejas.
- Por eso hay tantos huecos en las cañas.- dice María- cada uno hace su nido.
- Si además andan cerca de la huerta, ayudan a nuestros padres para que haya más frutas- agrega Nora.
- Hoy vimos  varios entre las flores de mburucuyá. A nosotros también  nos gusta comer sus frutos cuando están bien anaranjados.
A través de este susto dulce, las niñas  aprendieron de sus vivencias y fantasías.
Les quedó para siempre el recuerdo de un espacio más amplio que el mundo conocido, el primer mapa de su barrio. Conocen la fuerza de la amistad pues  sus manos unidas  pueden enfrentar desafíos y por siempre conservan el gusto inolvidable de la miel de mangangá.

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