De aparecidos y luces malas.
Duras etapas
de esfuerzo de aquella familia, que alcanzó a construir sus dos grandes piezas
en ladrillo, con altas ventanas y una puerta de madera maciza pintada de verde
inglés. Allí moraba Laura, la tía que nunca se dejaba ver, era una incógnita su
vida recluída entre cuatro muros. Alta y delgada raras veces se
asomaba.
Detrás, los altos naranjos que regalaban sus frutos y el árbol Solo con el
esplendor de sus plateadas hojas dominaba el paisaje.
A uno de los
lados, surgía como un hongo, la gran enramada que hacía las veces de casa de
juegos, con su fuertes troncos y hermosas flores amarillas que contrastaban con
el verde oscuro del follaje. Aquí, adolescentes y niña disfrutaban un
presente puro, lleno de vida, sin imaginar algún destino adverso.
La antigua
cocina de latas continuó escondida entre ligustrinos como último baluarte de
tiempos difíciles. Las paredes tiznadas por el hollín, su pequeña puerta y el piso por debajo del nivel del patio
tenían un atractivo especial. En un rincón la cocina a leña, de la que solo
conocí la llama de sus leños y el chisperío de los tizones. Personajes y
ambiente se teñían de negro humo.
Don Jaime, Doña
Genara y Toto, el zapatero, iniciaban la rueda del mate. Al atardecer era el
lugar de reunión. Más tarde, llegaba el vecino Horacio con su serena bonhomía.
El candil
dejaba recortar las sombras espectrantes. Las figuras se alargaban hasta
el techo y danzaban al compás del
movimiento de la llama.
Entre la pared
de ligustrinos y el frondoso muro de guaco un pequeño portón crujía al vaivén
del viento.
Mientras en la
esquina, la barranca del terreno ofrecía
a los jóvenes, el lugar apropiado para sentarse.
El sol desaparecía en
los confines de calle Roosevelt.
Los
amigos volvían tras sus pasos después de la charla diaria. Juan,
el nuevo vecino del barrio a su hogar; Agustina, Susana y yo nos
acercábamos al sitio de encuentro de los mayores.
Escuchábamos atentas aquellos relatos que se
sucedían mientras la noche comenzaba a poblar de sombras el entorno.
Los comentarios del día como
la sonrisa y pureza de sus almas, hacían de mi niñez una aventura placentera,
ávida de historias y conocimientos.
Ciertas veces, el
tema se centraba en cuentos encadenados por apariciones, luces malas y lobizones que atrapaban con su
encanto. No faltaba la llorona que
aparecía en las noches detrás de algún personaje… Y aquella mujer vestida de
novia, montada a las ancas del jinete que osaba cruzar el puente Camacho. En otras ocasiones los días de luna llena, el
séptimo hijo varón de una numerosa familia, se transformaba en lobizón y
comenzaban lentamente a sucederse cambios en su cuerpo que lo asemejaban a un
lobo.
Quizás lo más interesante y atractivo, era escuchar sobre la
bola de fuego que desde la colina bajaba como un bólido envuelta en rojizas
llamaradas; estrellándose en el parque de eucaliptus y dejando ver al otro día,
como señal, los gruesos troncos quemados.
Esas historias
se vivenciaban de tal forma, que quedábamos paralizadas en los pequeños bancos
de madera que pasaban a ser parte de nuestro cuerpo.
¿Cómo salir de la vieja cocina y
regresar a la casa? Seguro la luz mala aparecería en ese instante. En mi caso,
era imprescindible cruzar acompañada la estrecha callejuela de tierra, que separaba de la seguridad y protección que
encontraba en el seno de mi hogar.
Aún ya mayor,
al pasar de noche por “el cuesta arriba” miraba hacia la colina por si bajaba
la bola de fuego.
Sin duda
quienes hemos podido compartir estos instantes mágicos conservamos aquellos
aromas, el calor del cobijo que engendra amistad y costumbres de un pueblo con
identidad propia.
Creado en Mayo 2015.
ResponderEliminarN. de A. - Las leyendas y creencias se trasmiten oralmente y van siendo cada vez más olvidadas por el imaginario popular.
Este relato fue publicado en el Libro "Los Tiempos" De Rodríguez (Bachicha)y Bombaci. Carmelo,2017 . Librería Bombaci.