jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de Infancia IV

                             De aparecidos y luces malas.

          Duras etapas de esfuerzo de aquella familia, que alcanzó a construir sus dos grandes piezas en ladrillo, con altas ventanas y una puerta de madera maciza pintada de verde inglés. Allí moraba Laura, la tía que nunca se dejaba ver, era una incógnita su vida recluída  entre  cuatro muros. Alta y delgada raras veces se asomaba.
         Detrás,  los altos naranjos que  regalaban sus frutos y el árbol Solo con el esplendor de sus plateadas hojas dominaba el paisaje.
         A uno de los lados, surgía como un hongo, la gran enramada que hacía las veces de casa de juegos, con su fuertes troncos y hermosas flores amarillas que contrastaban con el verde oscuro  del follaje.  Aquí, adolescentes y niña disfrutaban un presente puro, lleno de vida, sin imaginar algún destino adverso.
        La antigua cocina de latas continuó escondida entre ligustrinos como último baluarte de tiempos difíciles. Las paredes tiznadas por el hollín, su pequeña puerta  y el piso por debajo del nivel del patio tenían un atractivo especial. En un rincón la cocina a leña, de la que solo conocí la llama de sus leños y el chisperío de los tizones. Personajes y ambiente se teñían de negro humo.
       Don Jaime, Doña Genara y Toto, el zapatero, iniciaban la rueda del mate. Al atardecer era el lugar de reunión. Más tarde, llegaba el vecino Horacio con su serena bonhomía.
       El candil dejaba recortar las sombras espectrantes. Las figuras se alargaban hasta el  techo y danzaban al compás del movimiento de la llama.
       Entre la pared de ligustrinos y el frondoso muro de guaco un pequeño portón crujía al vaivén del viento.
       Mientras en la esquina, la barranca del terreno ofrecía  a los jóvenes, el lugar apropiado para sentarse.
      El sol desaparecía en los confines de calle Roosevelt.  
      Los amigos volvían tras sus pasos después de la charla diaria.  Juan,  el nuevo vecino del barrio a su hogar; Agustina, Susana y yo nos acercábamos al sitio de encuentro de los mayores.
       Escuchábamos atentas aquellos relatos que se sucedían mientras la noche comenzaba a poblar de sombras el entorno.    
       Los comentarios del día como la sonrisa y pureza de sus almas, hacían de mi niñez una aventura placentera, ávida de historias  y conocimientos.   
      Ciertas veces, el tema se centraba en cuentos encadenados por apariciones,  luces malas y lobizones que atrapaban con su encanto.  No faltaba la llorona que aparecía en las noches detrás de algún personaje… Y aquella mujer vestida de novia, montada a las ancas del jinete que osaba cruzar el  puente Camacho.  En otras ocasiones los días de luna llena, el séptimo hijo varón de una numerosa familia, se transformaba en lobizón y comenzaban lentamente a sucederse cambios en su cuerpo que lo asemejaban a un lobo.
Quizás lo más interesante y atractivo, era escuchar sobre la bola de fuego que desde la colina bajaba como un bólido envuelta en rojizas llamaradas; estrellándose en el parque de eucaliptus y dejando ver al otro día, como señal, los gruesos troncos quemados.
        Esas historias se vivenciaban de tal forma, que quedábamos paralizadas en los pequeños bancos de madera que pasaban a ser parte de nuestro cuerpo.    
       ¿Cómo salir de la vieja cocina y regresar a la casa? Seguro la luz mala aparecería en ese instante. En mi caso, era imprescindible cruzar acompañada la estrecha callejuela de tierra, que  separaba de la seguridad y protección que encontraba en el seno de mi hogar.
       Aún ya mayor, al pasar de noche por “el cuesta arriba” miraba hacia la colina por si bajaba la bola de fuego.

       Sin duda quienes hemos podido compartir estos instantes mágicos conservamos aquellos aromas, el calor del cobijo que engendra amistad y costumbres de un pueblo con identidad propia.

1 comentario:

  1. Creado en Mayo 2015.
    N. de A. - Las leyendas y creencias se trasmiten oralmente y van siendo cada vez más olvidadas por el imaginario popular.

    Este relato fue publicado en el Libro "Los Tiempos" De Rodríguez (Bachicha)y Bombaci. Carmelo,2017 . Librería Bombaci.

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