viernes, 17 de marzo de 2017

Viernes Santo



Un claro y definido propósito anima mis pasos, reencontrarme con los olores de un Viernes Santo.
Estoy en la cuchilla. A lo lejos se divisa el río.
La urbanización va ganando sus espacios y el monte nativo tiende a desaparecer. Una isla de viejos y retorcidos espinillos escapa al hacha del hombre. Ni un ave se divisa.
Un largo camino conduce al viejo vertedero y me acompaña el compás del pedaleo.
El sol inicia su descenso hacia el horizonte. Y continúo presurosa para alcanzar la orilla del río.
Ruedas de carro y caballo han despoblado el suelo de malezas. El sendero de tres huellas me guía hacia la costa. Serpentea entre matorrales autóctonos, pajas, colas de zorro, arbustos y pastos duros.
El camino se bifurca y tomo el de la derecha, el ruido de un motor cercano puede ser el de una embarcación.
Avanzo en la soledad del sendero.
El suelo arenoso impide continuar en bicicleta y comienzo el andar con ella de tiro.
Continúo mi travesía pero el sol es quien toma los tiempos. El ocaso y los yuyales cada vez más espesos hacen desistir alcanzar las aguas destellantes.
Vuelvo tras mis pasos. Debo regresar impregnada de olor a campo y yuyos recogidos en viernes santo.
Una carqueja de tres filos aparece y recojo, pero aquellas plantas de flores tan aromáticas y hojas grisáceas no están.
“Ya ni marcela se encuentra…” me digo y entonces frente a mí, un conjunto de plantas ofreciendo sus flores se presenta. Las únicas en todo el camino, se muestran un tanto maltratadas por la sequía.
El alma de yuyero revive en mi, tradición de viernes santo.
Con ansias y feliz recojo un manojo. Regreso por el camino orgullosa con mi canasto de yuyos medicinales como cuando era niña.
Al costado del camino un grupo de niños juega y tres jóvenes miran atentos la pantalla de un celular.
¿Cuál será el recuerdo de ellos cuando tengan mis años?
La luna casi llena se eleva en el oriente y los últimos rayos de sol dibujados en el cielo despiden el día. 


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