Ambas encontraron un lugar seguro.
El agua de lluvia allí no corría.
Un hueco del caño sobre aquel tejado
que fue su guarida celosa en altura.
Turnaban sus vuelos en busca de abrigo,
preparando el nido
para sus pichones.
Pastos, trapos, hebras de todos colores
traían sus picos de
raudas viajeras.
En vuelo rasante y alas al cuerpo,
daba gusto verlas
entrando a aquel hueco.
Fue en la primavera mi mejor motivo
esperar atenta y contemplar sus giros.
Hoy su ausencia es signo de nido vacío,
como es el silencio de mi hogar dormido.
Escrita el 26 de junio de 2016.
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