jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de Infancia VII


  Viaje en camión.


         El viaje a la casa de los tíos es toda una aventura. Todo un acontecimiento.
La caja del camión va poblándose de viajeros que traen sus sillas y bancos para hacer más cómodo el trayecto.
        Se anuncia la partida y  tomando la cuesta arriba, muy pronto llegamos a la ruta.
 A lo lejos se divisa el campanario de Capilla  San Roque, en la loma que todos los 16 de agosto, vamos a visitar a pie.
El primer punto de referencia a alcanzar es el puente Camacho, más bien Castells, pero nadie lo llama por su verdadero nombre. Ya no se paga más peaje para cruzarlo.
        El arroyo Víboras  se desliza bajo sus arcos, el agua corre entre las piedras y salta formando pequeñas cataratas, ansiosa de llegar al río. Según cuentan los mayores, antes pasaba por las ruedas del molino y ayudaba en la molienda del trigo.
La luz del sol atraviesa las gotas brillantes. Con esos reflejos en las retinas, continuamos avanzando en el camino.
A la izquierda, los muros de contención y en la otra margen el antiguo parador. Comentan que allí, se hacían  grandes bailes.
       Un camino se pierde entre los montes.
Desde la colina custodia la zona el casco de Capilla y Estancia Narbona.
Se divisa entre los altos árboles la ventana de su torre vigía, el mirador.
Nos acercamos a la zona donde se estableció y formó en suelo oriental nuestra familia de inmigrantes.
 Las tierras de la Estancia comenzaron a poblarse por aquellos aventureros y arriesgados hombres que llegaban a América en busca de una nueva vida.  
Así había arribado don Foster, comenzó a trabajar y  hacer producir su campo.
Escoceses, españoles y criollos  amalgamaron  anhelos. 
       El Cerro Camacho, en algunos mapas llamado Cerro Bautista, se levanta  como un vigía entre los médanos y más allá, se divisan las aguas de un río que comienza a nacer para ampliar su cauce como mar. Es el Río de la Plata con la isla Juncal, dan su  marco al horizonte.
       Vamos subiendo la cuesta.
 El Bravo  con sus afloraciones de rocas que una vez quizás formaron parte de lecho marino, es nuestro segundo punto de referencia.
Ya se ven los altos eucaliptus de la familia Guirín que indican dejar la ruta y tomar a la derecha.
      Un sendero de charrets, serpentea entre matorrales que bordean el monte nativo y las tierras de cultivo.
Madres selvas, campanillas azules y un mar de ceibos nos acompañan.
      Ansiosos los visitantes esperan llegar al punto de arribo. Los bancos se mueven al compás de las huellas.
     Llegamos a la tranquera, la casa se divisa a lo lejos.
Una galería, un galpón, saludos y recibimiento de los mayores. No hay niños.
     Me gusta el lugar, camino entre espinillos sin ramas bajas y pruebo el sabor de las pitangas.
Andan pastando  algunas vacas y caballos.
Hay un ambiente de paz especial, olor a hierba fresca, árboles nativos y quizás me invada la energía de los ancestros, que penetra en mi alma sin que yo lo sepa.
     Y entonces recuerdo por qué estamos acá, aquí nació mi abuela Clara Foster. A esta tierra llegó desde Júzcar, Málaga  Francisco Bautista, el andaluz y  nacieron mi padre y sus hermanos. Vida de trabajo y sueños truncados a muy temprana edad.
      Hoy es la casa de los tíos, ya no quedan más que recuerdos. Entre éstos, puedes imaginar  un  niño a caballo que cruza los campos para llegar a la Escuela Nº 52 Belgrano Sur, es mi padre.

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