Viaje
en camión.
El
viaje a la casa de los tíos es toda una aventura. Todo un acontecimiento.
La caja del
camión va poblándose de viajeros que traen sus sillas y bancos para hacer más
cómodo el trayecto.
Se
anuncia la partida y tomando la cuesta
arriba, muy pronto llegamos a la ruta.
A lo lejos se divisa el campanario de
Capilla San Roque, en la loma que todos
los 16 de agosto, vamos a visitar a pie.
El primer
punto de referencia a alcanzar es el puente Camacho, más bien Castells, pero
nadie lo llama por su verdadero nombre. Ya no se paga más peaje para cruzarlo.
El
arroyo Víboras se desliza bajo sus
arcos, el agua corre entre las piedras y salta formando pequeñas cataratas,
ansiosa de llegar al río. Según cuentan los mayores, antes pasaba por las
ruedas del molino y ayudaba en la molienda del trigo.
La luz del
sol atraviesa las gotas brillantes. Con esos reflejos en las retinas, continuamos
avanzando en el camino.
A la
izquierda, los muros de contención y en la otra margen el antiguo parador.
Comentan que allí, se hacían grandes
bailes.
Un camino se pierde entre los montes.
Desde la
colina custodia la zona el casco de Capilla y Estancia Narbona.
Se divisa
entre los altos árboles la ventana de su torre vigía, el mirador.
Nos
acercamos a la zona donde se estableció y formó en suelo oriental nuestra
familia de inmigrantes.
Las tierras de la Estancia comenzaron a
poblarse por aquellos aventureros y arriesgados hombres que llegaban a América
en busca de una nueva vida.
Así había
arribado don Foster, comenzó a trabajar y
hacer producir su campo.
Escoceses,
españoles y criollos amalgamaron anhelos.
El Cerro Camacho, en algunos mapas
llamado Cerro Bautista, se levanta como
un vigía entre los médanos y más allá, se divisan las aguas de un río que
comienza a nacer para ampliar su cauce como mar. Es el Río de la Plata con la
isla Juncal, dan su marco al horizonte.
Vamos subiendo la cuesta.
El Bravo
con sus afloraciones de rocas que una vez quizás formaron parte de lecho
marino, es nuestro segundo punto de referencia.
Ya se ven
los altos eucaliptus de la familia Guirín que indican dejar la ruta y tomar a
la derecha.
Un sendero de charrets, serpentea entre
matorrales que bordean el monte nativo y las tierras de cultivo.
Madres
selvas, campanillas azules y un mar de ceibos nos acompañan.
Ansiosos los visitantes esperan llegar al
punto de arribo. Los bancos se mueven al compás de las huellas.
Llegamos a la tranquera, la casa se divisa
a lo lejos.
Una galería,
un galpón, saludos y recibimiento de los mayores. No hay niños.
Me gusta el lugar, camino entre espinillos
sin ramas bajas y pruebo el sabor de las pitangas.
Andan
pastando algunas vacas y caballos.
Hay un
ambiente de paz especial, olor a hierba fresca, árboles nativos y quizás me
invada la energía de los ancestros, que penetra en mi alma sin que yo lo sepa.
Y entonces recuerdo por qué estamos acá,
aquí nació mi abuela Clara Foster. A esta tierra llegó desde Júzcar,
Málaga Francisco Bautista, el andaluz
y nacieron mi padre y sus hermanos. Vida
de trabajo y sueños truncados a muy temprana edad.
Hoy es la casa de los tíos, ya no quedan
más que recuerdos. Entre éstos,
puedes imaginar un niño a caballo que cruza los campos para
llegar a la Escuela Nº 52 Belgrano Sur, es mi padre.
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