jueves, 23 de febrero de 2017

Recuerdos de Infancia III

                                              Búsqueda del tesoro.


Hoy siendo una tarde calurosa he traído a  mis recuerdos la hora de la siesta y las repetidas andanzas del dúo amigo.
    Eran otros tiempos en que la confianza y seguridad no contaban  en las prioridades que las madres debían tener en cuenta. Ellas podían hacer su merecido descanso  para luego continuar sus trabajos en la casa. Mientras las inquietas y aventureras niñas, iniciaban sus travesías.
No había celular, tabletas, computadoras ni aún un televisor para que quedaran atrapadas por sus pantallas. Sí, existía el espacio sin límites para caminar, explorar y maravillarse con lo que la naturaleza regala.
    Entonces ambas emprendían el camino.
Sus pasos acelerados llegaban hasta “la carretera” y al cruzarla ya tenían ante sus ojos todo el extenso campo que incitaba a las expedicionarias.
Algunos pastos altos y finos, el suelo  cada vez más arenoso, otra vegetación rastrera.  Una y otra cueva de arena recién removida y aquellos raros sonidos en la tierra que al llegar se acallaban. Nunca podíamos ver los tucu-tucu.
   Pequeños espinillos aquí y allá. Ellos iban siendo las bases del recorrido.
No sabían de búsqueda de tesoros o cacerías pero ya las creaban en complicidad con el Universo.
Observar si entre las ramas retorcidas encontraban el tesoro, era su juego. Una cacería imaginaria que sin haber estado pensada surgía de las posibilidades que esa extensión de suelo, sin alambrar, les otorgaba.
    El primer nido había sido encontrado. Acercarse, elevar los pies y erguirse hasta alcanzar a ver el fondo de ese esponjoso y suave colchón de plumas. Y ante sus ojos  chispeantes de alegría, se mostraban dos perlas blancas.  Si aquí había un nido en el otro árbol cercano también era posible y así de uno en otro arbusto, observando cada rama,  el tiempo transcurría.
    Se sabía que las víboras visitaban los nidos para comer los huevos así que también eran tenidas en cuenta.
   El Sol no era un problema. No conocían de rayos U.V. ni capa de Ozono. El Astro Rey era su compañero y quien indicaba el regreso según la altura de donde procedían sus rayos.
   No había recolección sólo expectativa, alegría por objetivos alcanzados. Alguna vez  si  aparecía un nido abandonado, se podía encontrar otro tesoro escondido de: plumas, crines,  hilos, trozos de tela, hojas, musgo y hasta espinas.
   Quizás las rosetas y flechillas se pegaban en las ropas y alguna que otra espina quedaba en la yema de los dedos pero no eran impedimentos para pasar  la hora de la siesta.

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