Los
vecinos de enfrente.
Don Pedro el vecino de enfrente mantenía
con esmero su hogar. Él siempre estaba en la casa. Vivía junto a su esposa Doña
Pola y una nieta ya adolescente.
Una construcción
antigua, con techo rojo de zinc a dos aguas, correspondía a la parte principal
del hogar: dormitorios y comedor. Cada habitación tenía una puerta al largo
corredor sombrío que daba al patio anterior con plantas y flores de gran porte.
Pocas veces entré allí, eran su ámbito privado y protegido.
Junto a sus
paredes, como adheridas a ellas, crecían las hortensias. Grandes
ramilletes violetas, rosas y azulados
lucían entre lustrosas hojas verdes.
El patio posterior siempre barrido y
firme no parecía de tierra.
Más allá el
galpón de las herramientas y aquella báscula con su platillo y pesa corrediza
en la que pesaba las naranjas…Esa manzana del barrio, estaba poblada de
frondosos y viejos naranjos que ofrecían sus jugosos frutos.
Difícil era
llenar el canasto, por eso temprano ya comenzaba la tarea con su gancho de
alambre y así alcanzar las altas ramas cargadas de dulces naranjas.
Sabía que
pronto llegarían sus clientes a colmar las bolsas de sabroso manjar.
Las tardes
soleadas de invierno, después de las heladas, era la mejor época para
deleitarnos con esta rica fruta.
Las siestas no llegaban si antes no se
atravesaba el portón perfumado de cedrón, que era mi preferido, pues del otro
lado la inmensa planta de ruda podía impregnarte de su olor peculiar.
En otra edificación separada de la
principal, estaba la cocina. Tenía una puerta muy particular se abría y cerraba en dos instancias, la
mitad inferior y la superior. Es así que aunque cerrada abajo,
se podía ver el patio por la parte de arriba, era como una nueva
ventana. Para mi tenía el atrapante
misterio de lo diferente y desconocido.
Era el
ámbito en que doña Pola, con su andar cansino, parecía acrecentar su figura.
Los
aparadores altos pintados de verde, donde colgaba sus enseres, atrapaban mi
mirada.
Era una
mujer especial. Cada vez que me dolía el estómago, por comer toda clase de frutas que encontraba
a mi alcance, cruzaba la calle y corría en su auxilio.
Ella tomaba
su larga cinta de tela. Se paraba frente a mí
y balbuceando no se qué palabras, me medía. Era “la cura del empacho”.
Una, dos y tres veces tenía yo que tomar la cinta del lugar que ella me decía y
colocarla sobre mi estómago. Después con la cinta enroscada en su mano cruzaba
sus manos apretando suavemente una y otra
vez y como por arte de magia sentía movimientos en mi panza que alejaban el
dolor. Sus manos eran una bendición y hasta hoy las recuerdo con nostalgia.
Cuando los demás nietos venían a
visitarlos también era una fiesta para mí.
Susana, Albéniz, Miriam, más niños para
compartir juegos en el patio siempre muy vigilados por su abuelo.
Don Pedro era celoso de sus plantas.
Hasta en la vereda, rodeando los ligustros, plantó las azucenas que cuidaba de
los traviesos.
Quedaba
extasiado cuando su nieto, de rubios cabellos, tocaba el acordeón.
Hombre de
pocas palabras, robusto, de andar seguro imponía respeto y a la vez seguridad y
confianza.
Le tomó
varios días quitar la cerca con flores y se construyó un paredón muy
atractivo. A cierta altura comenzó a
poner bloques uno sí otro no y quedaron
una serie de huecos que llamaron mi atención. Y no solo a mí, pues en la
edición de la gincana que el próximo año organizó el Club Uruguay, uno de los
desafíos, fue contar los huecos que tenía el particular cercado de
mis vecinos de enfrente.
Escrito en mayo 2015.
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