jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de Infancia VI

                                        Los vecinos de enfrente.

       Don Pedro el vecino de enfrente mantenía con esmero su hogar. Él siempre estaba en la casa. Vivía junto a su esposa Doña Pola y una nieta ya adolescente.
Una construcción antigua, con techo rojo de zinc a dos aguas, correspondía a la parte principal del hogar: dormitorios y comedor. Cada habitación tenía una puerta al largo corredor sombrío que daba al patio anterior con plantas y flores de gran porte. Pocas veces entré allí, eran su ámbito privado y protegido.
Junto a sus paredes, como adheridas a ellas, crecían las hortensias. Grandes ramilletes  violetas, rosas y azulados lucían entre lustrosas hojas verdes.
      El patio posterior siempre barrido y firme no parecía de tierra.
Más allá el galpón de las herramientas y aquella báscula con su platillo y pesa corrediza en la que pesaba las naranjas…Esa manzana del barrio, estaba poblada de frondosos y viejos naranjos que ofrecían sus jugosos frutos.
Difícil era llenar el canasto, por eso temprano ya comenzaba la tarea con su gancho de alambre y así alcanzar las altas ramas cargadas de dulces naranjas.
Sabía que pronto llegarían sus clientes a colmar las bolsas de sabroso manjar.
Las tardes soleadas de invierno, después de las heladas, era la mejor época para deleitarnos con esta rica fruta.
     Las siestas no llegaban si antes no se atravesaba el portón perfumado de cedrón, que era mi preferido, pues del otro lado la inmensa planta de ruda podía impregnarte de su olor peculiar.
     En otra edificación separada de la principal, estaba la cocina. Tenía una puerta muy particular  se abría y cerraba en dos instancias, la mitad inferior y la superior. Es así que aunque cerrada  abajo,  se podía ver el patio por la parte de arriba, era como una nueva ventana. Para mi tenía el  atrapante misterio  de lo diferente y desconocido.
Era el ámbito en que doña Pola, con su andar cansino, parecía acrecentar su figura.
Los aparadores altos pintados de verde, donde colgaba sus enseres, atrapaban mi mirada.
Era una mujer especial. Cada vez que me dolía el estómago,  por comer toda clase de frutas que encontraba a mi alcance, cruzaba la calle y corría en su auxilio.
Ella tomaba su larga cinta de tela. Se paraba frente a mí  y balbuceando no se qué palabras, me medía. Era “la cura del empacho”. Una, dos y tres veces tenía yo que tomar la cinta del lugar que ella me decía y colocarla sobre mi estómago. Después con la cinta enroscada en su mano cruzaba sus manos  apretando suavemente una y otra vez y como por arte de magia sentía movimientos en mi panza que alejaban el dolor. Sus manos eran una bendición y hasta hoy las recuerdo con nostalgia.
      Cuando los demás nietos venían a visitarlos también era una fiesta para mí.
 Susana, Albéniz, Miriam, más niños para compartir juegos en el patio siempre muy vigilados por su abuelo.
         Don Pedro era celoso de sus plantas. Hasta en la vereda, rodeando los ligustros, plantó las azucenas que cuidaba de los traviesos.
Quedaba extasiado cuando su nieto, de rubios cabellos, tocaba el acordeón.
Hombre de pocas palabras, robusto, de andar seguro imponía respeto y a la vez seguridad y confianza.
Le tomó varios días quitar la cerca con flores y se construyó un paredón muy atractivo.  A cierta altura comenzó a poner bloques uno sí otro no y quedaron  una serie de huecos que llamaron mi atención. Y no solo a mí, pues en la edición de la gincana que el próximo año organizó el Club Uruguay, uno de los desafíos,  fue contar  los huecos que tenía el particular cercado de mis vecinos de enfrente.

1 comentario: