jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de Infancia V

                                             Las cometas.
         Hasta los ocho años quizás recibí  los más hermosos regalos de amor y cariño que un niño necesita. Crecer entre mayores te brinda esas oportunidades dado ser la primer pequeña en el seno de la familia extendida por línea materna.
         Aún visualizo y disfruto mi cuna de madera pintada de azul que ya heredé a mi hermano y la hamaca que cuelga en el corredor. La muñeca de trapo, el piano de madera y mis animales: un loro, un pollito.
        Pero las tardes construyendo cometas con mi abuelo Julio eran fantásticas.
Los días ventosos de primavera se tornaban propicios para las competencias con los niños que vivían dos cuadras más al oeste. Para llegar hasta ellos, era necesario bastante ovillo para largar y una buena pandorga.
        Temprano el abuelo ya había elegido las mejores cañas secas cortadas hace tiempo para la ocasión.
Ahora reunía los demás elementos: hermosos papeles de variados colores, tijera, ovillos de hilo, frasco  y manos a la obra bajo mi atenta mirada.
        Así aprendí a hacer la primer tarasca, con papel de diario y dos cañas, si agregaba una más corta se transformaba en barrilete.
        Sus manos habilidosas, aunque con señales de un doloroso episodio en su niñez, comenzaban el armazón.
De una caña obtenía cuatro fuertes y livianas varillas de la misma longitud. Para evitar algún corte o pequeña escalla pasaba un vidrio grueso por sus bordes.  Luego se unían por pares, en cruz, atándose fuertemente en su punto medio.
Sin saberlo recibía las primeras clases  prácticas de geometría.
       ¿Cuál de las cometas sería la mejor para participar en la próxima competencia?
La granada era la preferida, siempre resistía todos los embates. De forma curva  en la parte inferior, con puntas y coronas en la parte superior. Semejante a los frutos rojos que crecían en el granado del patio, fuertes por fuera y de granos rojos y sabrosos en su interior.
        Con igual armazón, según se unieran los extremos de las cañas, podía hacer una estrella, una bomba o la elegida granada.
        Preparado el esqueleto que le daría fuerza y presencia, se combinaban los papeles sedosos y  de fuertes colores. Era hora de  conseguir harina y  agua para preparar el engrudo que junto con la tijera, pasaban a ser los mejores aliados.
 El plegado para las coronas y los flecos, cortar líneas curvas y rectas todo ayudaba a mejorar  habilidades motrices. Sin olvidar los fundamentales dos parches para cada caña en el revés y el contrafuerte en el centro.
        Unas gotitas de agua sobre el papel ya pegado y dejarla así secar hasta el otro día,sería suficiente para continuar la tarea.
       Los chicos de la otra cuadra hacían veleros con su padre y también faroles. Éstos  eran más altos que yo. No necesitaban cola y danzaban alegremente en el aire. Aunque  intentamos, nunca logramos hacer un farol que remontara como aquellos.
       Otro día de trabajo. Los tiros.
Aquí la medición era lo que se hacía imprescindible. Los dos tiros superiores iguales y luego al del centro, encontrarle su justo punto de unión a los anteriores. De ello dependería se elevara como deseábamos. Luego el tiro de la cola, de su punto medio debía partir  el atractivo colorido que le daba elegancia con su contorneo.
        Un pantalón viejo, un vestido, se transformaban en tiras de trapo que unidos se elevaban junto con nuestras ansias. Nudo tras nudo, colores y  texturas tomaban longitud. Según el viento del día sería necesario colocar una y a veces hasta dos colas.
        Los vientos de aquellas primaveras arreciaban con mayor intensidad.
        Mientras se preparaba el hilo. Se necesitaban  dos o tres ovillos de hilo cometa.
Con un palo fuerte, de una cuarta de la mano del abuelo era suficiente. En él se ataba y preparaba el hilo con un movimiento en forma de ocho que con habilidad aprendí.  Así se iba formando el ovillo para remontar. Usarlo como  se vende era muy posible se armara un gran enredo.
       Ya pronta nuestra granada para el vuelo bautismal. Era  hora de remontar, la hora de la verdad.  Expectativas, suspiros, alegrías o fracasos y nuevos intentos.
       Las otras cometas ya saludaban desde lo alto como invitando al desafío.  Una estrella negra y amarilla de largos flecos, otra azul, blanco y rojo saludaban con sus puntas de abundantes coronas.
       El viento soplaba del norte, se debía esperar el momento propicio. Correr con mi granada hasta el fondo del terreno sosteniendo sus cañas y a la voz de: “ahora” soltar mi regalo para que emprendiera su vuelo, alcanzara altura y con suerte sobrepasara a los competidores ocasionales.
       Comenzó a elevarse y a saludar desde el aire.
 Sólo el hilo la mantenía unida a nuestras vidas.  De pronto danzaba para un lado y para el otro, no tenía suficiente cola. ¡¡¡ Aflojale que colea¡¡¡¡ Así descendía suavemente… y luego a recoger el hilo y ovillar a la vez, acción que también hacíamos juntos. Pronto una segunda cola ondularía en el cielo.
       Otro  intento, la perseverancia es primordial a la hora de alcanzar las metas.
       Sus colores alcanzaban altura. La hacíamos saludar tirando con fuerza del hilo.
 El sonido de sus coronas jugando con el viento era un sonajero y el de sus largos flecos parecía una cascada de agua.
      Hora de enviarle una carta al cielo.  Una hoja de cuaderno con un “te quiero”
corría velozmente a través del hilo, algunas veces se rasgaba con el roce y no llegaba, otras quedaba atascada en el nudo de la unión de los ovillos.
Esta vez besó los tiros y llegó a destino.
     Las tres cometas lucían en un cielo límpido y brillante. Mas una estrella comenzó a acercarse casi queriendo tocar la granada con su cola. Quien la dirigía tenía una intención oculta, travesura que después contó.  Anudaba  una hoja delgada y filosa de metal en la punta de sus colas para cortar el hilo a sus competidores.
     El hilo perdió la tensión  que sentía en mi mano y así aquella tarde  mi granada comenzó a girar en espiral sobre el azul celeste hasta perderse en la lejanía.
     No podía perder mi regalo y el abuelo en su bicicleta de carrera  salió en su búsqueda. Había quedado sobre unos espinillos muy lejos de casa. Llegó con ella
 aún maltrecha con agujeros pero con su armazón intacta.

      Con  unos parches en forma de flores  que realzaban sus colores al otro día se elevaría remontando airosa para alegría de un abuelo y una niña, demostrando al mundo la fuerza del trabajo, los deseos y la sana competencia en las alturas.

1 comentario:

  1. Relato del 28/6/2015.
    Recuerdo este día y mes como el del casamiento de mis padres.

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