Las
cometas.
Hasta los ocho años quizás recibí los más hermosos regalos de amor y cariño que
un niño necesita. Crecer entre mayores te brinda esas oportunidades dado ser la
primer pequeña en el seno de la familia extendida por línea materna.
Aún visualizo y disfruto mi cuna de madera
pintada de azul que ya heredé a mi hermano y la hamaca que cuelga en el
corredor. La muñeca de trapo, el piano de madera y mis animales: un loro, un pollito.
Pero las tardes construyendo cometas
con mi abuelo Julio eran fantásticas.
Los días
ventosos de primavera se tornaban propicios para las competencias con los niños
que vivían dos cuadras más al oeste. Para llegar hasta ellos, era necesario
bastante ovillo para largar y una buena pandorga.
Temprano el abuelo ya había elegido las
mejores cañas secas cortadas hace tiempo para la ocasión.
Ahora reunía
los demás elementos: hermosos papeles de variados colores, tijera, ovillos de
hilo, frasco y manos a la obra bajo mi
atenta mirada.
Así aprendí a hacer la primer tarasca, con
papel de diario y dos cañas, si agregaba una más corta se transformaba en barrilete.
Sus manos habilidosas, aunque con señales de
un doloroso episodio en su niñez, comenzaban el armazón.
De una caña
obtenía cuatro fuertes y livianas varillas de la misma longitud. Para evitar algún
corte o pequeña escalla pasaba un vidrio grueso por sus bordes. Luego se unían por pares, en cruz, atándose
fuertemente en su punto medio.
Sin saberlo
recibía las primeras clases prácticas de
geometría.
¿Cuál
de las cometas sería la mejor para participar en la próxima competencia?
La granada
era la preferida, siempre resistía todos los embates. De forma curva en la parte inferior, con puntas y coronas en
la parte superior. Semejante a los frutos rojos que crecían en el granado del
patio, fuertes por fuera y de granos rojos y sabrosos en su interior.
Con igual armazón, según se unieran los
extremos de las cañas, podía hacer una estrella, una bomba o la elegida
granada.
Preparado el esqueleto que le daría fuerza y
presencia, se combinaban los papeles sedosos y
de fuertes colores. Era hora de
conseguir harina y agua para
preparar el engrudo que junto con la tijera, pasaban a ser los mejores aliados.
El plegado para las coronas y los flecos,
cortar líneas curvas y rectas todo ayudaba a mejorar habilidades motrices. Sin olvidar los
fundamentales dos parches para cada caña en el revés y el contrafuerte en el
centro.
Unas gotitas de agua sobre el papel ya
pegado y dejarla así secar hasta el otro día,sería suficiente para continuar la
tarea.
Los chicos de la otra cuadra hacían veleros
con su padre y también faroles. Éstos eran
más altos que yo. No necesitaban cola y danzaban alegremente en el aire.
Aunque intentamos, nunca logramos hacer
un farol que remontara como aquellos.
Otro día de trabajo. Los tiros.
Aquí la
medición era lo que se hacía imprescindible. Los dos tiros superiores iguales y
luego al del centro, encontrarle su justo punto de unión a los anteriores. De
ello dependería se elevara como deseábamos. Luego el tiro de la cola, de su
punto medio debía partir el atractivo
colorido que le daba elegancia con su contorneo.
Un
pantalón viejo, un vestido, se transformaban en tiras de trapo que unidos se
elevaban junto con nuestras ansias. Nudo tras nudo, colores y texturas tomaban longitud. Según el viento del
día sería necesario colocar una y a veces hasta dos colas.
Los
vientos de aquellas primaveras arreciaban con mayor intensidad.
Mientras se preparaba el hilo. Se
necesitaban dos o tres ovillos de hilo
cometa.
Con un palo fuerte,
de una cuarta de la mano del abuelo era suficiente. En él se ataba y preparaba
el hilo con un movimiento en forma de ocho que con habilidad aprendí. Así se iba formando el ovillo para remontar. Usarlo
como se vende era muy posible se armara
un gran enredo.
Ya
pronta nuestra granada para el vuelo bautismal. Era hora de remontar, la hora de la verdad. Expectativas, suspiros, alegrías o fracasos y
nuevos intentos.
Las
otras cometas ya saludaban desde lo alto como invitando al desafío. Una estrella negra y amarilla de largos
flecos, otra azul, blanco y rojo saludaban con sus puntas de abundantes
coronas.
El
viento soplaba del norte, se debía esperar el momento propicio. Correr con mi
granada hasta el fondo del terreno sosteniendo sus cañas y a la voz de: “ahora”
soltar mi regalo para que emprendiera su vuelo, alcanzara altura y con suerte
sobrepasara a los competidores ocasionales.
Comenzó a elevarse y a saludar desde el
aire.
Sólo el hilo la mantenía unida a nuestras
vidas. De pronto danzaba para un lado y
para el otro, no tenía suficiente cola. ¡¡¡ Aflojale que colea¡¡¡¡ Así
descendía suavemente… y luego a recoger el hilo y ovillar a la vez, acción que
también hacíamos juntos. Pronto una segunda cola ondularía en el cielo.
Otro intento, la perseverancia es primordial a la
hora de alcanzar las metas.
Sus
colores alcanzaban altura. La hacíamos saludar tirando con fuerza del hilo.
El sonido de sus coronas jugando con el viento
era un sonajero y el de sus largos flecos parecía una cascada de agua.
Hora de enviarle una carta al cielo. Una hoja de cuaderno con un “te quiero”
corría
velozmente a través del hilo, algunas veces se rasgaba con el roce y no llegaba,
otras quedaba atascada en el nudo de la unión de los ovillos.
Esta vez
besó los tiros y llegó a destino.
Las tres cometas lucían en un cielo
límpido y brillante. Mas una estrella comenzó a acercarse casi queriendo tocar
la granada con su cola. Quien la dirigía tenía una intención oculta, travesura
que después contó. Anudaba una hoja delgada y filosa de metal en la
punta de sus colas para cortar el hilo a sus competidores.
El hilo perdió la tensión que sentía en mi mano y así aquella tarde mi granada comenzó a girar en espiral sobre el
azul celeste hasta perderse en la lejanía.
No podía perder mi regalo y el abuelo en
su bicicleta de carrera salió en su
búsqueda. Había quedado sobre unos espinillos muy lejos de casa. Llegó con ella
aún maltrecha con agujeros pero con su armazón
intacta.
Con
unos parches en forma de flores
que realzaban sus colores al otro día se elevaría remontando airosa para
alegría de un abuelo y una niña, demostrando al mundo la fuerza del trabajo,
los deseos y la sana competencia en las alturas.
Relato del 28/6/2015.
ResponderEliminarRecuerdo este día y mes como el del casamiento de mis padres.