Susto dulce.
El sol
golpea con sus rayos la siesta pueblerina. Nadie en los patios… y a lo
lejos, el canto de las chicharras acentúa el calor agobiante.
Más tarde quizás, se oiga la voz del
heladero que en su vehículo de tres ruedas recorre las calles del barrio y los chicos ansiosos esperan.
Es la hora del descanso merecido para
madres que desde temprano, han caminado
más de veinte cuadras polvorientas haciendo
las compras y terminado todas las tareas de la casa.
Detrás del seto de tuyas verde intenso,
comienza la amplia y prolija huerta que el padre de María, todas las tardes
después del tradicional mate, cultiva junto a su esposa.
Del otro lado, en el terreno del fondo,
también está la huerta de los vecinos, los padres de Nora, que dan vuelta la
tierra y rompen sus terrones para preparar sus siembras con manos laboriosas.
Cada casa tiene su quinta y de allí,
obtienen los productos principales para preparar los alimentos que se sirven en
la mesa.
Una cuerda de ropa colgada se divisa
extendida entre dos palos rectos.
Entre los caminos de las respectivas
huertas, dos niñas escurridizas avanzan apresuradas buscando la protección del
cañaveral. Tienen ocho y diez años, de cabello
castaño claro, piel bronceada y ojos vivaces. Corren
descalzas apenas tocando el suelo ardiente.
Allí está, a treinta metros de sus
hogares esperándolas, ofreciendo su sombra y la complicidad de sus altas y
gruesas cañas. Es una isla casi en el centro de la
manzana dividida en cuatro grandes
terrenos separados solo por alambrados cubiertos de enredaderas y mburucuyá de
hermosas flores y frutos prontos a madurar. El lugar predilecto de Nora y María. Su espacio en el pequeño mundo conocido, los
patios, las huertas y el camino a la Escuela
que también recorren juntas.
Los ciruelos, el añoso peral,
los mandarinos brillantes, el gran duraznero, las frutillas escondidas
entre las hojas acompañados por
zapallitos del tronco, cebollas, ajos y tomates son sus cómplices amigos.
También las gallinas que en su corral, escarban haciendo huecos en el piso para
buscar la frescura de la tierra.
La casita entre las cañas es su rincón de
juegos, no hay allí ni juguetes, ni muñecas, solo espacios sin brotes que se
logran de tanto pisar. Las puertas son las dos cañas más fuertes
que resisten sus continuas idas y venidas.
Es todo un laberinto de pasadizos que se
comunican y dan albergue a un mundo de fantasías.
Algunos rayos de sol atraviesan la bóveda
verde grisácea.
De pronto una tenue lluvia de copos
pequeños cae sobre sus cabezas.
-
Es aserrín. ¡Nora mira aquí! -dice María- ¡Hay un agujero en esta caña!
Ambas observan curiosas y comienzan a
buscar otros similares.
Más allá Nora descubre otro.
- ¡Aquí hay uno más!
- ¿Quién los construye y cómo los hará?
- Veamos que hay adentro. Mi dedo pequeño
entra fácilmente.
- ¡Oh! ¿Y esto? Parece miel. ¡Qué rica!
Mientras un intruso visitante de color
oscuro, con mucha música y estilo rezongón entra apresurado a uno de los
huecos.
- ¿Haz visto eso? - dice María.
- Sí.
¿Qué es?
- No importa, sigamos
buscando más miel, parece de abejas pero más espesa ¡mmmm! y muy dulce.
Con sus manos
llenas de miel, se sientan felices sobre los troncos que afloran de la tierra y
quedan saboreando el exquisito manjar.
- ¿Y ahora? ¿Qué es ese ruido?
- ¡Es un enjambre! ¡Nos comimos su
alimento! ¿Estarán enojados?
- Sí, son miles de insectos.
Entran
uno tras otro al hueco y la caña se hace cada vez más grande, se
infla como un globo más y más.
Siempre juntas tomadas fuertemente de sus manos y con la otra asidas
a las raíces que se levantan de la tierra, se elevan sobre el cañaveral.
- ¡Subimos, flotamos! ¡Estamos cada vez más arriba!
El viento parece conspirar y sopla más
fuerte. El cañaveral es una mancha
verdosa, las huertas cada vez más pequeñas y de sus casas sólo ven los techos.
Sus manos se mantienen siempre unidas.
-¡No te sueltes!
- Veo el monte de espinillos, el camino a
la Escuela y
allá… ¡árboles en el río!
Todo es fascinante para las inseparables
amigas.
- Estamos volando, siente el aire fresco.
- Es hermoso volar como las aves.
- ¡Cuidado! Viene una bandada de patos,
se acercan como una flecha.
- ¡Quiero regresar! ¡Nos alejamos mucho!
El cacareo de una gallina…la voz de sus
madres: - ¡Nora! - ¡María!
A lo lejos: “¡Heladerooo! ¡Vasito helado! ¡Crema, vainilla, chocolateee!”
¡Qué susto!
El viaje en globo era solo un sueño.
Despertaron de su siesta después de una
curiosa experiencia, el cañaveral las arrulló mientras el viento pasaba entre
sus largas y verdes hojas.
Después de saborear tan rica miel, se habían quedado
dormidas, saciadas con el dulce tesoro encontrado.
Ese día
junto a sus padres, ambas aprendieron que esos insectos son abejorros
carpinteros de gran tamaño, de prolongado y fuerte zumbido. Les llaman
mangangás.
Ellos almacenan, dentro de los huecos de
las cañas que les sirven de recipientes, su alimento para las crías y también
para pasar el invierno.
Taladran la madera haciendo vibrar su cuerpo mientras
raspan con sus mandíbulas.
Cada nido tiene una sola entrada. No
viven en colmenas como las abejas.
- Por eso hay tantos huecos en las
cañas.- dice María- cada uno hace su nido.
- Si además andan cerca de la huerta,
ayudan a nuestros padres para que haya más frutas- agrega Nora.
- Hoy vimos varios entre las flores de mburucuyá. A
nosotros también nos gusta comer sus
frutos cuando están bien anaranjados.
A través de este susto dulce, las
niñas aprendieron de sus vivencias y
fantasías.
Les quedó para siempre el recuerdo de un
espacio más amplio que el mundo conocido, el primer mapa de su barrio. Conocen
la fuerza de la amistad pues sus manos
unidas pueden enfrentar desafíos y por
siempre conservan el gusto inolvidable de la miel de mangangá.