Búsqueda del tesoro.
Hoy siendo una tarde calurosa he traído
a mis recuerdos la hora de la siesta y
las repetidas andanzas del dúo amigo.
Eran otros tiempos en que la confianza y seguridad no contaban en las prioridades que las madres debían
tener en cuenta. Ellas podían hacer su merecido descanso para luego continuar sus trabajos en la casa.
Mientras las inquietas y aventureras niñas, iniciaban sus travesías.
No había celular, tabletas, computadoras
ni aún un televisor para que quedaran atrapadas por sus pantallas. Sí, existía
el espacio sin límites para caminar, explorar y maravillarse con lo que la
naturaleza regala.
Entonces ambas emprendían el camino.
Sus pasos acelerados llegaban hasta “la
carretera” y al cruzarla ya tenían ante sus ojos todo el extenso campo que
incitaba a las expedicionarias.
Algunos pastos altos y finos, el
suelo cada vez más arenoso, otra
vegetación rastrera. Una y otra cueva de
arena recién removida y aquellos raros sonidos en la tierra que al llegar se
acallaban. Nunca podíamos ver los tucu-tucu.
Pequeños
espinillos aquí y allá. Ellos iban siendo las bases del recorrido.
No sabían de búsqueda de tesoros o
cacerías pero ya las creaban en complicidad con el Universo.
Observar si entre las ramas retorcidas
encontraban el tesoro, era su juego. Una cacería imaginaria que sin haber
estado pensada surgía de las posibilidades que esa extensión de suelo, sin
alambrar, les otorgaba.
El primer nido había sido encontrado. Acercarse, elevar los pies y
erguirse hasta alcanzar a ver el fondo de ese esponjoso y suave colchón de
plumas. Y ante sus ojos chispeantes de
alegría, se mostraban dos perlas blancas.
Si aquí había un nido en el otro árbol cercano también era posible y así
de uno en otro arbusto, observando cada rama, el tiempo transcurría.
Se sabía que las víboras visitaban los nidos
para comer los huevos así que también eran tenidas en cuenta.
El Sol no era un problema. No conocían de
rayos U.V. ni capa de Ozono. El Astro Rey era su compañero y quien indicaba el
regreso según la altura de donde procedían sus rayos.
No había recolección sólo expectativa, alegría
por objetivos alcanzados. Alguna vez
si aparecía un nido abandonado, se
podía encontrar otro tesoro escondido de: plumas, crines, hilos, trozos de tela, hojas, musgo y hasta
espinas.
Quizás
las rosetas y flechillas se pegaban en
las ropas y alguna que otra espina quedaba en la yema de los dedos pero no eran
impedimentos para pasar la hora de la
siesta.