La casilla de madera.
Protegida en la altura, desafiando las crecidas, diviso la blanca casona de “Don Mascada”.
Tomo hacia la derecha del camino y allí está el angosto puente. Si alguien viene cruzando es necesario esperar, sólo pasa un transeúnte.
Me encanta atravesarlo aunque ya sus gruesos maderos muestran el paso del tiempo. Es una sensación de alegría y temor conjugados. Me tomo de los alambres y veo correr por entre sus rendijas el agua de la cañada. Al final unas retorcidas y gruesas ramas me esperan, quizás es un ceibo.
Estoy a pasos de " la playa vieja", con sus empinados eucaliptos y la amplia faja de arenas limpias y amarillas.
Más allá la rotonda con sus dos escaleras que invitan a descender y pisar el tierno césped de la pequeña barranca, hasta llegar al agua fresca con destellos de sol. Las olas rompen y un juncal baila al son de su ritmo.
Pero hoy tomaré el camino del filtro. A la derecha, frente a las rubias arenas hay un portón, a veces abierto, con un largo y angosto camino serpenteante.
Madreselvas, espinillos, flores blancas de pata de vaca, campanillas azules enredadas en los árboles, alguna uña de gato que se asoma y el pajonal acompañan con sus aromas el trayecto. Tras una y otra curva se oye el canto de los pájaros y adelante cruza presurosa una pavita del monte. A mitad de camino, a la izquierda aparecen unas plantas exóticas parece que allí, alguna vez, existió una vivienda.
Falta aún penetrar entre malezas y arbustos para encontrar el inicio del alto puente, de trechos colgantes,que lleva al filtro, la toma de agua que abastece a la población.
Última curva: ¡casilla a la vista!
Paredes de madera encastrada de color blanquecino y gruesos pilotes que sostienen su estructura. Una maravilla escondida entre frondosos árboles y la frescura al final del camino. Es la casilla del marinero. Giovannini, está allí con su familia.
Jugar con otras niñas entre los palafitos es una gran aventura.
Del otro lado de la casilla, el sendero te lleva a la amplia playa de blancas y finas arenas. Al pisar, te deslizas y provocan un sonido especial. Puedes recoger los más bonitos cantos rodados y encontrar en los médanos cercanos alguna boleadora perdida por aquel nómade habitante que una vez vivió libre y errante en nuestras costas.
El sol se refleja en el río y acaricia mi piel ya bronceada en el camino.
Un suave viento fresco entra por mi ventana para que regrese y viaje en el tiempo más de medio siglo tan solo en un instante. Un trueno llega a mis oídos, prolongado, suave y arrullador. Lluvia de verano. Todo me emociona hasta las lágrimas, todo me envuelve con su encanto.
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