Muñeca de trapo
Era un día como tantos en que había que caminar dos
kilómetros para conseguir una máquina de coser prestada y cumplir con los
trabajos por encargo.
Un chaparrón
intenso nos encontró bajando la cuesta del camino de tierra greda. El agua formaba ríos amarillentos que dejaban sus huellas hiriendo
los barrancos.
Corríamos empapadas
tomadas fuertemente de la mano, mi madre y yo.
Aún estábamos lejos
de llegar a casa.
En esa
travesía agotadora con bolsos y ropas, perdí mi pequeña muñeca, sepultada en el barro o llevada por la
corriente de agua y lodo. Allí quedó un pedazo de mis sueños infantiles.
Pero las
madres encuentran la forma de curar heridas. Esa noche entre cuentos, rimas y
retazos nació mi muñeca de trapo. Tijera, agujas, hilos y dedal… Primero se rellenó el cuerpo. Aún recuerdo mis deditos
introduciendo la estopa azulada formando sus piernas y sus brazos.
Imagino hoy el amor que inundaba el
ambiente, reducido en dimensiones pero grande en valores y deseos.
Por último
colocamos la cabeza, brillantes botones
iluminaron sus ojos y una boca roja sonrió a la niña que no olvidaba la muñeca
que la lluvia le llevó.
Lanas para el cabello y una hermosa pollera
fruncida a su cintura, completaron el regalo más dulce y sencillo que las manos
de mi madre, entregaron con dulzura,
para sanar el corazón de su niña.
Fue la hechura
más gratificante que la costurera entregó aquel día.
¡Gracias Mamá!
Mayo 2015

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